De encuentros

Bien, pues la cosa es así.

Voy caminando tranquilamente cuando de repente lo veo. Después de meses de no saber nada, me lo encuentro frente a frente. ¿Quién es, se preguntarán? Resulta que es un ex mío. Nos saludamos de mano claro está, intercambiamos un par de comentarios amables, small talk lo llamaría mi hermana, sonreímos, nos despedimos y seguimos nuestro camino. Nada que sorprenda; nada fuera de lo común que no nos haya sucedido, al menos no a mí, en otras ocasiones.

A pesar de haberlo hecho bien con anterioridad, han quedado un par de exes rondando en espacios cercanos al mío, aumentando la probabilidad de encuentros como el de esta mañana. No soy bueno con ello. Si bien he logrado convertir algunas de esas relaciones pasadas en excelentes amistades que poseen un grado de cercanía, hay uno que otro individuo con quien nada más no parece haber una conexión cierta, con excepción de las experiencias pasadas que nos unen.
Y no es que me conflictue. Si bien me inquieta, no me molestan este tipo de encuentros porque, vamos, no podemos actuar como si el pasado no existiera. Sin embargo, cada vez que tengo uno de éstos, me brinca en el momento de la despedida la misma pregunta cada vez. ¿Cómo es que llegamos a esto?

Cuando uno inicia una relación con alguien, pasa por el proceso de conocer a la persona; lentamente el rostro, las actitudes y expresiones se vuelven familiares. Uno logra introducirse en su círculo social y, eventualmente, sentirse de cierto modo parte de él. Aunque a veces es tomado a mal el término, en este caso no, uno y otro se vuelven parte de lo cotidiano. No porque se vuelva algo que hacemos sin pensar, sino porque ahora forma parte de nuestro universo de una forma muy natural. Y es por eso que con el rompimiento no sólo se pierde a la persona que uno cree amar; hay también la sensación de “ser arrancado” de un universo al que sentías pertenecer, al tiempo que al propio le arrebatan elementos que habías logrado integrar. Se derriba una construcción de certezas que con el tiempo se ha ido construyendo. Cosa que me pone a pensar cada vez que inicio éste ciclo que, por más lindo y emocionante que pueda ser, siempre conlleva estos riesgos. Sin embargo no ahondaré en esos temas.

Subía las escaleras con una multitud de emociones encontradas que lo único que logran generar es un vacío. No me embarga la nostalgia de tiempos pasados; eso ha quedado superado, alojado en el pretérito y en mi memoria. Lo que me queda, de la mano de este vacío, es la duda que surge con cada encuentro de este tipo. Siempre me pregunto cómo es que llega uno a este punto: conoces a alguien, te introduces en su universo al tiempo que lo integras al tuyo, compartes sonrisas, tiempo, experiencias y una buena cantidad de intimidad. Todo esto para que al final quede un vacío que sólo sea el tiempo quien pueda encargarse de llenar, al tiempo que inevitablemente llega el reencuentro y te das cuenta que los sentimientos han cambiado, han evolucionado.
Yo se y comprendo que los sentimientos deben de evolucionar después de ocurrida una ruptura. Si no fuera así, no lograríamos nunca seguir adelante con nuestras vidas, reintegrarnos a nuestras rutinas y reconfigurar nuestra cotidianeidad. Sin embargo, ¿como es que después de haber permitido a esa otra persona vernos desnudos en todo el sentido de la palabra, tanto literal como metafórico, logramos regresar al punto seguro en el que los intercambios se mantienen al margen de las convenciones sociales? ¿Cómo callamos y escondemos todo el conocimiento que poseemos sobre esa otra persona para que no nos delate nuestra mirada? ¿De qué forma operamos para integrar al otro entre la multitud y lograr callarlo?

Lo repito. No me embarga la nostalgia. Con el tiempo cierro ciclos, alcanzo una paz conmigo y con el otro y me permito seguir viviendo, seguir conociendo, seguir arriesgando. Pese a todo, no puedo ignorar la tristeza que me provoca cada vez, el darme cuenta (para aquellos que todavía creemos en él) que el amor se apaga o lo apagamos de manera voluntaria u obligada, que los sentimientos cambian y que transformamos a ese otro en una figura sin rostro hacia la cual profesamos cariño y/o estimo en el mejor de los casos (porque en el peor de los mismos lo que sentimos es odio o, peor, indiferencia) en pos de seguir de pie y mirando al frente ansiando lo que traerá el futuro, mientras el pasado se desvanece y con él nuestra memoria y lo que algún día llegamos a sentir.

Es triste.

Crónica de una noche y un día

Es un viernes por la noche. Entre el ruido de la música y el exceso de humo, decido escaparme por un rato. Bajo las escaleras y miro hacia arriba, distraído. En ese momento nuestras miradas se cruzan, nuestros ojos se encuentran. Esbozo una sonrisa y sigo mi camino, sin saber a ciencia cierta lo que acaba de suceder. Tic tac. Tic tac. Regreso de nuevo a las escaleras, en sentido inverso esta vez. Tic Tac. Sigue ahi. Tic tac. Me mira. Tic tac. Comienza a hablarme; no puedo recordar siquiera cual fue la frase con la que todo comenzó.
Momento. Ahora que lo pienso bien, no pudo haber sido él. Esa noche. No creo que fuera el mismo. Tiene que ser otro. Vamos, haz memoria. Él no haría ese tipo de cosas; no, no puede ser. Lady Gaga me regresa al momento. Me toma del brazo, acerco mi oído a sus labios para intentar comprender lo que está diciendo. Qué importa si ahora no puedo recordarlo.
Mientras subo las escaleras, el tiempo parece acelerarse. Tic. Tac. Sonrío al otro en el espejo. Tic tac. La música se escucha más fuerte. Tictac. Puedo oler el humo del cigarro, distinguir los colores de las luces. Tictactictac. Terminó. El tiempo recupera su velocidad normal, y alguien me sonríe y me jala del brazo hacía la barra, para pedir mi cubacocalight. Pienso por unos segundos en su cara, en su sonrisa; intento recordar su voz, la conversación. Solo bastan unos segundos para que todo se desvanezca y me descubra bailando en la pista solo, platicando en el balcón o riendo de alguna trivialidad. En el intersticio entre un instante y otro, lo veo de nuevo. Le comento algún sinsentido y me ignora, desaparece detrás de alguien más. No puede ser él. Él no es así; tienes que estar equivocado, debe ser otro. Si, seguramente es alguien más. No me quitará el sueño.
Lady Gaga me regresa al tráfico Just dance.. Mientras agito la cabeza cual Will Ferril en A night in the Rocksbury recuerdo donde estoy. Estoy a la mitad de Reforma. De camino entre Cuajimalpa y la Condesa. Sonrío. Me encanta este trayecto. Cierro los ojos y volteo la cara hacía el sol que entra por el techo, mientras sigo el ritmo de la canción en mi cabeza. En ese momento, siento que aprietan mi mano. Volteo lentamente, abro los ojos, lo miro y sonrío. Lady Gaga se desvanece.

Sin título

Quiero poder romper todo desde el principio.

Sí. Regresar al punto donde esto empezó y ahí, decir no.

Pero ya no se puede. Porque ya estoy muy lejos de ese punto. Estoy tan lejos que no entiendo nada. Estoy tan lejos que ya no puedo saber cuál, cómo, dónde está ese punto.

Llegué a una invención.

Llegué a lo inexistente.

¿Cómo voy a romper algo que no existe?

¿Cómo llegué a la gran tierra de la invención?

La gran tierra de la soledad. Inventada.

Y aquí estoy.

Y es tan grande, esta tierra/sola/inventada que ya… soy algo insignificante en ella. Lo menos importante de esto, soy yo.

No hay espacio para mí. El espacio es… para sí mismo y yo… estorbo.

O soy un instrumento, que no me sirve a mi mismo.

Soy venganza.

Vengar es algo grande, y cece cuanto más… crece. Y yo soy pequeño, cada vez más.

Y lo grande me encierra. Me aplasta. Me oprime. Me sumerge. Me ahoga. Hay cosas tan grandes que nunca se sale de ellas, porque contienen dentro de sí mismas hasta la salida. Y ya no hay posibilidad, porque lo posible es posible cuando hay blanco/negro, arriba/abajo, dentro/fuera, yo/tú. Pero aquí, yo, en esto, estoy acabado.

Porque en la tierra inventada, la tierra de la venganza, todo se come a sí mismo. Algo me come ahora, sí. Me siento en plena digestión. La ácida digestión de una tierra, grande, inventada, sin fin.

Qué miedo.

No veo a dónde ir No veo futuro. No veo salida. No veo opción.

Sólo veo venganza.

Y ya me canse.

Touché o la erótica del combate

Acceptable in the 80′s

Nací a mediados de los 80, poco antes de la caída del muro de Berlín. Todavía me tocó jugar con el Nintendo NES; vi películas Beta y VHS; grabé y regrabé casettes, llevé mi walkman a todos lados y nunca entendí cual era el lado A y cual el B. Tuve en mis manos un celular que más que teléfono parecía un arma blanca. Mi primera computadora funcionaba con MS-DOS y me tocó la llegada del Internet. Aunque me queda más que claro que no soy ningún anciano, crecí a la par de la tecnología y todavía no pierdo la capacidad de asombro ante lo mucho que “han cambiado los tiempos”, como dirían mis padres.

Debido a mi educación y a mi círculo social, el Internet no pudo llegar más que en forma de bendición. Mi primera ventana al mundo gay fue a través de ésta y, de igual manera, mis primeros intentos por socializar con personas que compartían mi situación. Viendo en retrospectiva, creo que fui muy afortunado al haber conocido gente “real”. Para aquellos que no lo saben o no recuerdan, con el surgimiento de Internet, las salas de chat y el ICQ se pusieron en voga; más tarde lo fueron las páginas de contactos sociales. Y frente a esto, la reacción por parte de la mayoría de los padres fue una alta desconfianza. Nada y nadie nos podía asegurar que aquel joven universitario, musculoso, deportista y bien parecido, pudiera esconder del otro lado de la red un ente completamente opuesto de dudosas intenciones.
Sin embargo, el establecer vínculos sociales a través de Internet ya no es nada nuevo para nosotros. El MSN, Myspace, Facebook, Hi5, Second Life, y el resto de espacios virtuales se han vuelto nuestro pan de cada día. “-¿Dónde se conocieron?-”, “-Por Internet-”, ya no es una pregunta-respuesta que nos sorprenda como todavía lo hacía hace algunos años. Pasar una o dos horas diarias en Messenger son parte vital de nuestra rutina social. Si bien el celular  sigue siendo un elemento de impresionante peso para la plena realización de nuestra vida (“Es que si no traigo mi celular, me muero”), las redes sociales han venido a desplazar las cartas, las llamadas a casa; incluso las llamadas a celular. “Luego te escribo en tu wall”, “Osea, que poca que no has checado el event que te mandé. ¡Plis confírma!”, son tan sólo algunas de las frases que escucho entre mis amigos y la gente de mi universidad.

Mr. Facebook, ¿are you gay?

Ante todo esto recordaba aquella época que muchos hemos vivido en las que sientes que eres el único chico gay sobre la faz de la tierra. Ni siquiera había empezado a funcionar mi gaydar y para mi suerte, mi única ventana a este mundo desconocido era un sitio de Internet en el que cualquier perfil podía ser un espejismo.
Ahora y ante diversas situaciones que he vivido, me doy cuenta cuanto la tecnología ha permitido nuevas maneras de conocer gente. Ya ni siquiera es necesario ir por la vida intentando adivinar a quien le gusta quien. Aunque requiere de cierta astucia, es posible obtener lo que buscas. Lo único necesario es hacerse amigo(a) de aquella persona por facebook, checar gustos e información personal, fotografías delatadoras y la detallada lista de amigos y de amigos en común. Tardarás poco en descubrir que aquel apuesto, viril y buga-looking integrante del equipo de fútbol, es realmente un mega closetero que sólo espera las condiciones adecuadas para soltarse el cabello y vestirse de reina y ponerse tacones y sentirse bella bella.

Y yo me pregunto: si Mr. Facebook es omnipresente y omnipotente, y él todo lo puede, ¿por qué no hace algo por la comunidad? Digo, él puede hacer que mis fotos se vean mas grandes; me permite tener una cosa asexuada parecida a un tamagochi que socializa con otras cosas de su misma condición; me deja mandar regalitos virtuales cuando me da la gana; me da la oportunidad de decirles a mis amigas que tan guapas o gordas se ven en sus fotos (en forma de comment o mensajito, mucho más personal); les avisa a mis amigos cada uno de los movimientos que hago en mi pequeño reino y me avisa con antelación de quien es cumpleaños cuando, y a que eventos tengo que asistir. Si Facebook puede ser mi amigo, mi confidente, mi mamá y hasta mi secretaria, ¿apoco no podría usar su grandioso poder y crear una aplicación en la que, de alguna manera, los gays nos identifiquemos unos a otros? Una en la que no tengas que jugar a las escondidas en la información de tu perfil o bajar las fotos del Lipstick con la Supermana en las que sales taggeado. Yo creo que Mr. Facebook podría hacer todo esto, y más, si así lo quisiera. Es por eso que me surge la duda. Mr. Facebook, Are you gay?

Why I Write

El semestre pasado, en mi clase de narración, hicimos un ejercicio que me parece la mejor manera de empezar este blog. Retomaos un texto de Terry Tempest Williams, Why I Write. Ésta es la selección de algunas razones por las que escribo:

- I write to make peace with the things I cannot control.

- I write to meet my ghosts.

- I write to imagine things differently and in imagining things differently perhaps the world will change.

- I write in a solitude born out of community.

- I write to remember.

- I write to forget.

- I write to quell pain.

- I write to sooth the voices shouting inside me, outside me, all around.

- I write because I believe it can create a pth in the darkness.

- I write because then I do not have to speak.

- I write out of indigestion.

- I write knowing I will always fail.

- I write knowing words always fall short.

- I write by accident.

Escribo por éstas y por muchas otras razones. Pero al final del día, sólo escribo….